Las mujeres DEBEMOS estar ocupando al menos la mitad de las posiciones de poder en todos los ámbitos de la vida humana, y ejercer dicho poder como las mujeres que somos: dejando aflorar nuestra esencia, nuestra naturaleza, nuestra visión y protegiendo aquello que como mujeres nos importa. 

¿Qué debemos entender por “PODER”?   Ese lugar o posición en la que lo que uno haga o deje de hacer, genera un impacto o trae una consecuencia en un número importante de personas (familias, empresas, comunidades, colonias, barrios, pueblos, ciudades, estados, países, organismos multilaterales, etc.).

Tengo la impresión de que tal vez el rasgo más “masculino” del poder esté más asociado a otros aspectos de la naturaleza humana, porque francamente, los hombres (sin la presencia igualitaria, la visión y la retroalimentación de las mujeres en todos los ámbitos en los que se toman decisiones), lo han hecho bastante mal, si nos vamos a los resultados, que es básicamente en donde se encuentra el mundo entero: 

  • Una profunda desigualdad y vergonzosa distribución de la riqueza; 
  • La naturaleza empezando a dar señales alarmantes, y literalmente a un paso de manifestarse con un “hasta aquí”, gracias a la poca o nula atención que le ponemos al cuidado de nuestro hogar compartido: el planeta tierra.
  • La violencia dominando a países como el nuestro.
  • Dictadorzuelos que han llevado a su pueblo a la desgracia (no sabemos si por incompetentes, por soberbios  o porque su entendimiento del poder es absolutamente primitivo).
  • La polaridad y el divisionismo alentada por algunos líderes, seguramente siguiendo esa sabiduría obscura, pero muy cierta del “divide y vencerás”… porque parece que para muchos hombres el verdadero satisfactor del poder no es para HACER COSAS en beneficio de los demás, sino para poder demostrar que fueron victoriosos y en el engolosinamiento, seguir acumulando victorias pírricas a costa incluso del bienestar de los demás; entre otros resultados igualmente preocupantes.

Hace algunos años tuve oportunidad de asistir al World Women Forum en Deauville, Francia (algo así como el Foro de Davos, pero de mujeres) y escuché algunos datos interesantes de estudios que se habían realizado sobre las diferencias en el liderazgo femenino y el liderazgo masculino, y uno que me llamó especialmente la atención fue que para que una mujer tome una decisión, necesita más información que la que necesita un hombre: la mujer toma decisiones con el 75% de la información, y el hombre con el 25%

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Es evidente que los hombres son más proclives a tomar riesgos y que gracias a esa habilidad, la humanidad ha tenido grandes avances, pero también es cierto que sin la falta de análisis, sin la ponderación, punto de vista y opinión de las mujeres (como podrían ser, entre muchas otras, una adecuada valoración de las consecuencias que puede acarrear una cierta decisión, de cómo ésta puede afectar a otros y que esos OTROS son IMPORTANTES también), existe una alta probabilidad que una determinada decisión acabe causando más daño, que el bien que pretendía cautelar.  

Aquí en México se están tomando decisiones que sin duda harán más daño que el “bien” que buscan causar o que creen poder causar, y para muestra basta un botón: ante la alarma del cambio climático y mientras el mundo avanza para impulsar las energías limpias y reducir el uso de combustibles fósiles, en México se están tomando decisiones que van exactamente en sentido contrario.   

No sólo no hay suficientes mujeres equilibrando la toma de decisiones, sino que además no sabemos bien a bien cómo utilizar el “poder” una vez que logramos alcanzar una posición en la que podríamos ejercerlo, o no nos sentimos con la fuerza y la confianza en nosotras mismas para ello.

Si las mujeres pudieran haber participado en la toma de esta decisión en conciencia, es decir, sin verse en la necesidad consciente o inconsciente de tener que complacer a su “jefe”, a su mentor, a “quién les dio la oportunidad” o para no dañar su carrera política (que seguramente está en manos de algún hombre), ciertamente se hubiera tomado una decisión diferente que causara menos daños en el largo plazo y que implicara progreso y no retroceso. 

Y así como este ejemplo, hay muchos otros más… algunos incluso que afectaron a las propias mujeres, como el que resultó en la cancelación del programa de estancias infantiles.  Las mujeres no fuimos capaces de impedir este atentado contra los derechos de las mujeres. Nos quedamos calladas, nos quedamos atrás y no supimos… no quisimos… no tuvimos el valor… o no pudimos defendernos.

En México, el “pacto patriarcal” ha sido particularmente “castrante” para las mujeres.  Hasta existe la expresión “madre sumisa mexicana” para referirse a esas mujeres que se someten totalmente a los designios de su esposo y de los hombres de su familia y que además siguen preservando a través de la educación que dan a sus hijos e hijas.

Esto ha tenido un impacto en nosotras las mujeres del que ni siquiera estamos plenamente conscientes; y en nuestro afán de complacer a los hombres, de “gustarles” y de obtener su aprobación y apoyo (porque en algún lado creemos que sin ellos no somos nada), nos hemos mantenido atrás, en la sombra y muy calladas; y cuando logramos inmiscuirnos en sus tradicionales dominios, tratamos de imitarlos o de actuar como ellos para ser “parte del equipo” y ser aceptadas porque, a final de cuentas, las reglas las han puesto ellos.

Vergonzosamente, México se encuentra entre los 20 países del mundo en el que es más difícil ser mujer.

Pero tenemos que seguir dando la batalla hasta sus últimas consecuencias, y de todas las maneras posibles.  Las mujeres tenemos que estar a la altura del tamaño de los problemas que estamos enfrentando en estos momentos como mexicanas por un lado, y como ciudadanas del mundo por el otro.  La pandemia que aún no termina nos demostró en vivo y a todo color cómo un simple virus que surgió en un remoto lugar del mundo ha causado una tormenta económica, social y humanitaria que está impactando y nos seguirá impactando a todos en este planeta.  

No es casualidad que de los 10 países que mejor han manejado la pandemia, 7 estén gobernados por mujeres:  Nueva Zelanda, Alemania, Dinamarca, Taiwán, Islandia, Noruega y Finlandia. 

Tampoco es casualidad que conforme al último ranking de los 10 países con mejor calidad de vida (Suiza, Dinamarca, Holanda, Finlandia, Austria, Australia, Islandia, Alemania, Nueva Zelanda y Noruega), 6 de ellos están liderados por una mujer (Dinamarca, Finlandia, Islandia, Alemania, Nueva Zelanda y Noruega) y en el caso de Austria, el presidente es hombre, pero el 65% de su gabinete son mujeres.  

Y los 10 países con menor disparidad de género casi coinciden con los países con mejor calidad de vida: Dinamarca, Finlandia, Suecia,  Noruega, Holanda, Islandia, Eslovenia, Alemania, Canadá, Irlanda y Australia.

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Las mujeres DEBEMOS ocupar el lugar que nos corresponde para una mejor y más adecuada toma de decisiones en absolutamente TODOS los ámbitos en los que se toman decisiones que impactan en la vida humana: en la familia, en la comunidad, en el templo, en el barrio, en el país y en el mundo entero; en las organizaciones civiles, en las corporaciones, en las asociaciones empresariales, en el poder legislativo, en el poder ejecutivo y en el poder judicial.  En los parlamentos, en los consejos de administración de las empresas, en los liderazgos sindicales, y en todos, absolutamente TODOS los ámbitos en los que se toman decisiones, se adoptan acuerdos y se giran órdenes que impactan a la colectividad.

Y conforme vayamos ocupando esas posiciones, ejercer el poder como mujeres independientes, con criterio propio, con nuestra propia visión de las cosas y recuperando los valores que en un mundo dominado por una visión puramente masculina se han ido abandonado en el camino. No necesitamos la aprobación de los hombres para tomar una decisión.  Necesitamos decidir de la mano con ellos, lo mejor para todos.

En un próximo artículo, les platicaré del caso de Liberia, donde las mujeres asumieron su poder y literalmente rescataron al país que llevaba 14 años inmerso en una guerra civil. 

Baste por ahora decir que es el momento de que las mujeres ejerzamos el poder que per se tenemos: somos nada más y nada menos que la mitad de la población.   

Hagamos equipo con otras mujeres; apoyémonos las unas a las otras; denunciemos la violencia; elijamos muy bien a nuestra pareja sentimental para que sea un apoyo y no un obstáculo; evaluemos cuidadosamente a las personas a las que confiaremos el devenir nacional y votemos sólo por personas que respeten, valoren y defiendan a las mujeres y estén dispuestos a compartir el poder con nosotras retirando los obstáculos; compremos artículos que produzcan empresas comprometidas con la equidad de género, depositemos nuestros ahorros en entidades que promuevan el desarrollo de mujeres, vacacionemos en lugares que cuiden el ambiente y estén comprometidos con la erradicación de la violencia de género, consumamos productos de empresas que tengan al menos el 40% de mujeres en su consejo de administración, etc.  

Es mucho lo que las mujeres podemos hacer, aún en las circunstancias actuales.  México y el mundo necesitan que se sienta nuestra participación activa, que opinemos, que exijamos, que pisemos fuerte y que hagamos sentir nuestro poder de una manera cada vez más contundente, pero con profunda responsabilidad.

No sólo es importante: es urgente.  Se lo debemos a nuestros hijos, a nuestros nietos y a los bisnietos y tataranietos que no conoceremos, pero sobre todo a las mujeres cuya lucha (aun a costa de su propia vida) abrió los caminos para que el día de hoy muchas de nosotras tengamos los derechos de los que hoy gozamos.  Mal haríamos en no ejercerlos por el bien de todos. 

Flor y Lourdes Suayfeta