La luna mengua para anunciar el final de un ciclo que por añadidura precede a un nuevo comienzo. Y después de admirar tantas lunas majestuosas que octubre siempre nos regala, ahora nos toca observar con detenimiento cómo esa luz disminuída puede transformarse en un momento de reflexión al meditar ante los tiempos de cambio, atendiendo a la necesidad de avivar nuestra luz interior.

La luz, eterno contraste de la oscuridad, batalla campal contra el negro de los claroscuros siempre vencedora aún con la aparente ausencia de cualquier color.

«Prende una vela», me dice siempre mi hermana cuando le hablo de mis inquietudes, de mis frustraciones o de mis ansiedades. Cuando me lo dice, lo hace con palabras colmadas de fe, confiando en la riqueza de un ritual que podría parecer insignificante, no obstante profundamente sanador.

El acto de encender una vela, está lleno de simbolismo y dotado de una intención, porque el encender una vela deriva de la voz interna que busca respuestas; sean a la incertidumbre, a los deseos, a la inquietud o a la ansiedad, tal vez una respuesta a una pregunta que no hemos podido formular.

Photo by Masha Raymers on Pexels.com

¿Qué simbolismo tienen las velas?

Para distintas religiones el acto de encender una vela es un símbolo de la fe, una extensión de las oraciones, la representación viva de una petición o hasta una promesa cuando lo hacemos al visitar templos en recuerdo de otros. El concepto de la espiritualidad trasciende a través del encendido de velas como una señal de abundancia en una práctica que de forma literal nos ilumina, representa nuestra alma.

En la religión cristiana, se encienden velas en los sacramentos de iniciación como el Bautismo y la Eucaristía. Para el Bautismo esa luz representa la resurrección de Cristo, y la tarea de mantener esa llama encendida como el amor en torno a Él, será responsabilidad de los padrinos del recién bautizado. En la Eucaristía el creyente la porta como un símbolo de la luz divina que se ha vuelto una guía en su camino. También en las ceremonias de matrimonio se acostumbra encender una vela como manifestación de fe y amor, mientras que en las ceremonias de defunción se encienden para iluminar el camino de las almas hasta su destino.

En la tradición judía, se enciende una vela cada viernes por la tarde para iniciar el Shabat, lo hace la mujer de la casa simbolizando la luz que debe iluminar el hogar. También para celebrar el Hanukkah, se utilizan 9 velas siguiendo un procedimiento muy específico que refiere a una especie de milagro, lo cual conecta nuevamente con la fe.

En los altares budistas, uno de los 7 ofrecimientos que debe presentarse cada día, además del incienso y las flores, consiste en una vela encendida que simboliza la iluminación que recibe la humanidad a través de la sabiduría de Buda.

Es evidente que cada ritual o ceremonia encuentra una riqueza fundamental en la llama de una vela, sin importar la religión que practiques o hasta si no practicas ninguna. Las velas blancas representan universalmente la luz y la pureza. Sin importar los otros símbolos que acompañen a las velas en los rituales, hay que reconocer que el objeto en sí es capaz de transmitir una visión energética y una conexión mística, muy particularmente cuando la llama parece cobrar vida propia.

La llama de una vela produce millones de fracciones diminutas de diamantes

Un estudio del investigador  Wuzong Zhou publicado hace varios años, reveló que la flama de una vela contiene millones de diminutas partículas, específicamente 1.5 millones de nanopartículas de diamantes que se crean a cada segundo, mientras la llama arde. Desafortunadamente, tales partículas de cristales tan codiciados se consumen en el mismo efímero proceso. Como tal, este descubrimiento podría plantear una nueva forma de producir diamantes, lo cual muy probablemente demeritaría el valor que se les ha otorgado a tales cristales por lo «escasos» que son. Aunque bajo esta nueva apreciación, podríamos empezar a mirar cada flama por diminuta que sea, con una óptica totalmente distinta.

Acaso el espectro de esa luz cálida será capaz de edificarnos un refugio temporal, dotado por una magia indescriptible que nos envuelve en un ambiente tan valioso que incluso es capaz de producir ínfimas partes de diamantes que apenas se crean para luego consumirse de modo instantáneo, no sin dejar en el espacio que lo rodea el vestigio de un aire místico que se deposita en nuestro interior.

Un dato curioso y hasta un tanto inimaginable lejos de una sala de estudio de investigación, que no obstante desde hoy, estoy segura que te dará una percepción mucho más rica de la que tenías antes de una vela encendida.

El sencillo acto de encender el pabilo a voluntad nos permite contemplar la fantasía de una danza que somete su fragilidad a los caprichos de las corrientes que la rodean, un espectáculo que puede incluso volverse hipnótico, al fin y al cabo meditativo. Cuando enciendo esa vela para calmar a mis demonios, me encuentro con una bailarina que se mueve con gracia, haciendo pausas para cambiar de ritmo. Casi logro observar una silueta en su llama, cuya voz me susurra al oído dulcemente inundando con paz mi interior.

Imagino que nuestra alma es como una vela que se enciende con una luz fulgurante al nacer, y que con el paso del tiempo se debilita al enfrentarse con corrientes que intentan aplacarla y a veces logran apagarla.

Es verdad que nuestro entorno a veces no nos deja alimentar la flama, lo oscuro parece absorber todo lo luminoso. Nos inundamos con noticias oscuras, las replicamos, nos desnutrimos con ellas y al final, iluminar el escenario parece una tarea muy compleja.

Cuando los sueños se sienten perdidos, la llama débil sufre a punto de desvanecerse. Cuando el sosiego asalta nuestra paz llenándonos de dudas y porqués sin sentido, la llama entra en riesgo de extinguirse.

Encender una vela físicamente, puede representar el deseo profundo de avivar nuestra luz interior. Creamos energía con nuestros pensamientos en torno a una vela, que sea blanca sin ornamentos, que tenga un pabilo firme y se encienda para acompañarnos, que se vuelva un ritual y replique la abundancia de su riqueza tras fomentar la repetición de la experiencia.

Prendamos una vela para orar, para meditar, para recordar, para cumplir nuestros deseos. Esas poderosas velas de cumpleaños que le dan al pastel conmemorativo, otro nivel. Sabores entremezclados con ilusiones que nutren el alma al comenzar ese ciclo personal que se renueva cada año, nuestro auténtico «Año nuevo», tan personal, tan íntimo, porque nos permite depositar en cada luz el ingenuo y muy profundo deseo de volver realidad alguno de nuestros sueños.

Enciendo una vela, como me ha insistido hacer mi hermana, lo hago con intención, con un propósito, con preguntas que voy descubriendo y necesitan respuestas, a veces con los ojos cerrados, otras fijando la vista en la llama, con una cerilla de madera que sostengo entre mis pensamientos y transfiero al evocar el fuego en esta pequeña pero poderosa expresión. Acaricio su resplandor, inspiro profundamente cuidando que la exhalación no perturbe su silueta, su aliento se vuelve el mío y en mi alma la luz recupera su intensidad.