Me gusta viajar en el tiempo. A veces lo consigo con el simple hecho de cerrar los ojos, aunque los elementos externos siempre ayudan: un objeto, una fotografía, una mirada por las calles del centro de la Ciudad de México, la melodía de una canción sin nombre reverberando en las paredes de mi cerebro…

Caminar por el centro histórico de la Ciudad de México es una experiencia que disfruto mucho, sin importar las multitudes, la contaminación o los inconvenientes de las vialidades; y casi siempre que lo hago, la magia de los viajes a través del tiempo se vuelve realidad.

Observo los edificios, los balcones compuestos de herrajes oxidados, los muros construidos con piedras oscuras llenas de capas de tiempo, de huellas digitales de miles de personas que las han acariciado a su paso.

Una parada por la famosa y antiquísima, además de preciosa, Dulcería de Celaya sobre la calle 5 de mayo, satisfizo el antojo de un dulce de leche que al aflorar los recuerdos, comenzó a detonar el viaje. Luego, encontrarme unos pasos adelante con el Café La Blanca continuó calentando los motores de la maquinaria.

Mi papá solía hablarme de ese lugar y aunque nunca entré con él allí, al pasar delante, empecé a regresar en el tiempo. Me contaba con emoción que su padre lo llevaba a desayunar a ese café cuando era niño. Aunque con algunos retoques de contemporaneidad, el establecimiento conserva bastante de su estructura original. Aquel recuerdo compartido endulzado con el jamoncillo de leche que recién había probado, igual a los que tanto le gustaban a él, con ese delicioso aroma avainillado me hizo viajar hasta el pasado.

Hay una máquina del tiempo en nuestro cerebro

Nuestra memoria funciona a través de la asociación, la presencia de elementos olfativos se almacena en una zona de nuestro cerebro que tiene la responsabilidad de correlacionar esos aromas con el recuerdo ocupado en un espacio y tiempo a partir de nuestra experiencia. Así es como el olfato nos brinda la oportunidad casi instantánea de embarcarnos en un viaje que puede llevarnos incluso décadas atrás, al tener acceso a esos recuerdos ocupados por personas, situaciones o locaciones en nuestra memoria.

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La magia del viaje me hizo recobrar la percepción de una niña de no más de seis años, depositada en el asiento central delantero del flamante Dodge Dart que conducía mi papá. Para darme visión del panorama, me dejaban sentarme sobre el pequeño respaldo reclinable que se encontraba en medio de los asientos del piloto y el de mi mamá. Nada de precauciones para infantes en aquel entonces, ni siquiera cinturones de seguridad, no obstante recuerdo cuán segura me sentía en ese pequeño espacio con mis padres a cada lado.

La música, otro engrane para continuar el viaje al pasado

Las ventanillas abajo, para aliviar el calor y el humor de la tripulación a tope, la música de fondo: un cartucho de 8 pistas de Santo & Johnny, uno de los grupos favoritos de papá, con los sonidos brillantes de un instrumento llamado «steel guitar» que caracterizaba cada una de sus pistas.

«Sonámbulo», una de las piezas más conocidas de este dueto, me arrullaba cuando íbamos por la carretera. «And I love her», la misma de los Beatles, era otra de las que se repetían a menudo, al igual que «Dream», «Blue Moon» y «Maria Maria» entre otros.

Pero había una melodía que por más que retumbara en mi cabeza, nunca antes pude identificar. Caminando por aquella avenida entre ejes paralelos del tiempo, casi me pareció ver el auto de mi papá estacionando sobre la calle, cuando la vialidad lo permitía, conmigo a su lado, muy sonriente escuchando esa canción de cuyo nombre no lograba recordarme.

La magia de los elementos correctos cuando la volvemos alquimia del tiempo, es capaz de regalarnos una travesía maravillosa, sin hacer uso de los recursos que H.G. Wells nos proponía con su «Máquina del tiempo», ni tener que entender las complejas teorías de los agujeros de gusano de Einstein. Para viajar en el tiempo sólo necesitamos nuestro cerebro.

Una melodía con acordes «felices».

Regresé a casa y no había modo de quitarme de la cabeza esa bendita tonada que acompañó tantos paseos de domingo. ¿Cómo iba yo a saber su nombre? Era muy niña, yo sólo recordaba esos acordes que me parecían tan felices. Tal vez era mi felicidad depositada en su recuerdo, pero al escucharlos en mi mente tenían sabor de jamoncillo de leche, de compañía de papá y mamá, y de la vida tan absolutamente feliz que una niña de 6 años debe tener.

Entonces, la tecnología también hizo su magia. ¿Cómo no se me ocurrió antes? Bastó con repetirle la tonada al identificador de canciones de Google para que me llevara hasta la versión orginal de la canción: «Venus» de Frankie Avalon.

Encontrar la versión de Santo & Johnny después, no fue difícil. Escucharla resultó un momento profundamente feliz. No puedo evitar dejar de sonreir cuando la escucho, el recuerdo es tan rico que envuelve mi espacio con una fantástica dosis de memoria reconfortante. Una experiencia similar a la de encontrar un preciado objeto perdido, porque aunque los acordes estaban impecablemente grabados en mi mente, esa maravilla de absorber los sonidos por los poros sólo se obtiene a través de nuestros oídos.

Con el simple hecho de cerrar los ojos, volé hasta el pasado. Recuperar esos cálidos recuerdos de la infancia fue como recibir ese abrazo que se extraña de los que ya no están con nosotros. Recuerdos que han sanado por el paso del tiempo y que son capaces de curarnos la melancolía y abrigarnos de la orfandad.

¿Por qué no viajar en el tiempo?

Hace muchos años leí un libro de Lair Ribero titulado «Viajar en el tiempo», en el que se exponen técnicas y ejercicios a través de los que viajando con ese maravilloso vehículo de nuestro cerebro, podemos visitar el pasado y hacer modificaciones en las sensaciones o percepciones que determinadas experiencias dejaron marcadas en nuestra vida.

Se presume que con aquellos ejercicios mentales, podemos hacer una reconstrucción modificando las vivencias negativas con nuevas buenas experiencias que nos permitirán edificar un futuro próspero.

Ya sea con técnicas como las que presenta Ribero, o con nuestros propios recursos, el enriquecedor ejercicio de visitar nuestros recuerdos más felices, constituye un presente del pasado.

A veces nos olvidamos de nutrir la comunicación con nuestro niño interior, ese ser tan sabio y fuerte del que eventualmente nos desconectamos y que guarda miles de momentos felices que tal vez por lejanos, vamos sepultando sin darnos cuenta.

Los viajes a nuestro pasado, cuando los visitamos con curiosidad, pueden ayudarnos a entender mejor nuestra naturaleza, incluso convencernos de recurrir a sabores, lugares y experiencias que podemos revivir en nuestro entorno actual, reproduciendo ese mágico paralelismo que nos inyecta una sutil dosis de ingenuidad y juventud, sólo palpables a través de las emociones de un niño.

Viaja hoy a tu pasado, desempolva los viejos álbumes de fotografías, escucha las canciones de la infancia y busca algún aroma que te reconecte con aquellos momentos. Permite que tu mente te lleve hasta ese maravilloso lugar en donde aprendiste a sentirte feliz.

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