¿Quién soy, la del filtro o la de vida real? Aumentar el grosor de los labios, delinearte los ojos, disimular las ojeras, cambiarte el color del cabello, adelgazar un poco la cara, hacer angosta la nariz, quitar arrugas o pecas o un molesto granito. Todo lo podemos cambiar deslizando la pantalla.

No se puede negar lo divertido, entretenido y emocionante que es usar los distintos filtros que ofrecen las y los usuarios de la red social de Instagram. Sabes de antemano que al abrirlo vas a encontrar imágenes, videos y contenido audiovisual. Por eso “darse una manita de gato” nunca está de más ¿cierto?

¡Con este filtro me veo inalcanzable!

Después de publicar una historia o una imagen que tiene algún filtro de belleza, dices: ¡qué hermosa soy! Te sube inmediatamente la autoestima y la confianza. Y luego, te miras al espejo y dices: “bueno en realidad tengo canas, mi cara tiene cicatrices…pero para eso uso filtros, para no maquillarme”. Suena un poco peligroso en un primer momento.

Sin embargo, la reflexión que quiero plantear es si acaso estos filtros nos alejan de nuestra imagen del yo; de reconocer nuestros defectos, nuestras cicatrices, el paso del tiempo sobre nuestra piel, la muestra de los estragos que dejó la batalla de la pubertad o de la maternidad.

Y no solo tiene que ver con cómo nos vemos a través de ellos, sino la percepción que generamos con las amistades, la familia y gente conocida. Usar filtros es remarcar todos los días que la belleza es la meta. Despertar por las mañanas y mostrar una imagen irreal, es una propuesta que suele tener rasgos infantiles como ojos grandes, nariz y boca pequeña y la piel de bebé.

Este hecho de la representación de la perfección, la han criticado algunas personas que sufren problemas en la piel, por ejemplo: acné severo. Algunas deciden dejar de usar los filtros para mostrarse tal y como son, sin tapar, esconder, o difuminar su apariencia. Se presentan sin filtros como símbolo de resistencia e individualidad.

¿Qué tipo de princesa soy?

El uso de los filtros también es una acción muy sutil para las industrias culturales. Por ejemplo, los que te indican qué tipo de Pokemon eres, a qué personaje de Friends te pareces más o qué princesa o villana de Disney tiene un rostro parecido al tuyo.

Una foto, mil looks

Recuerdo que hace algunos años algunas ópticas ofrecían los lentes perfectos para tu tipo de cara. Tenían un monitor en el que te tomaban una foto y después te presentaban propuestas de distintos tipos de gafas, colores, tamaños y estilos. Y eso era la tecnología de punta, era imaginarse que era posible cambiar de look con una fotografía tuya.

Hoy no sólo lo podemos hacer con nuestra propia imagen, sino que también se han presentado propuestas en las que hacen “sonreír a una fotografía”. Sí, en los tiempos de pandemia algunas personas hicieron uso de una aplicación que “revivía” a través de una fotografía a algún familiar fallecido.

¿Qué significados e implicaciones tiene hacer esto? Pese a que las reacciones en redes sociodigitales estaban orientadas en mantener vivo el recuerdo de una persona amada, es necesario identificar la idea de la perpetuidad.

También se presenta a la memoria como recurso que nos permite identificar nuestras raíces, de dónde venimos y quienes somos.

Estamos presenciando un avance tecnológico tan abrumador que se nos olvida que antes las personas solían guardar en su cartera una fotografía de un ser querido, para no olvidar su rostro.

A través de una imagen se reviven momentos y emociones. Y ahí es donde cae todo el peso de este filtro: en la emoción que provoca ver a una persona que físicamente ya no está viva pero que parece que vive por siempre en lo digital. Que es intangible, pero real.

El ciclo de vida que conocemos es: naces, creces, (estudias, te casas, trabajas, viajas, realizas alguna actividad o en el mejor de los casos, sigues tu pasión), envejeces y te mueres. Parece que esto la mayoría de las personas, por sentido común, lo tienen presente. Pero ¿podemos vivir por siempre gracias a la realidad aumentada?

Vivir ¿por siempre?

Dejar un mensaje a tus seres queridos, guardar una carta virtual, cantar una canción y dejarla grabada en un video. Definitivamente esa es la huella digital que dejamos todos los días con nuestras publicaciones, con nuestras historias en Instagram, los audios que enviamos, los tweets que escribimos en la madrugada. Todo se queda ahí, a perpetuidad.

Detrás de estos filtros se encuentran la realidad aumentada y los moldeados en 3D. Existen personas generando propuestas visuales de cómo queremos mirarnos al espejo e identifican errores entre el filtro y el usuario final. Sobre todo, entre la prueba y el error, intentan entender lo que el público quiere consumir en su móvil.

¿Quiénes crean los filtros que usamos en Instagram? Por lo general son hombres. Y ahí está otra explicación de qué es lo que vemos. Están reflejados en los filtros: el deseo y la belleza con rasgos exagerados, por ejemplo: priorizan la piel blanca sobre la oscura. Están los deseos de lo que ellos quieren ver y quienes suelen consumir esos filtros, son mujeres.

Entonces ¿qué hacer?

La invitación a través de este artículo, es a identificar quiénes son los creadores de lo que consumimos diariamente. Y también identificar los estereotipos que no van con nuestra forma de percibir el mundo y a nosotras mismas.

Lo segundo es ser sensibles ante lo que nuestra comunidad publica a diario; detrás de los filtros, hay historias que no se cuentan. No podemos saber con exactitud qué sentimientos está viviendo la persona y si está librando alguna batalla.

Y lo último, si reconocemos qué es lo que queremos mirar, metamos las manos al internet. Es necesario que como mujeres exploremos las posibilidades a nuestro alcance para ser parte de quienes toman decisiones sobre lo que consumimos. Pensar en qué otros filtros incluyentes son posibles.